Weed n’ music

Por: Alejandro González Castillo

Creo que, como muchos de los que tuvimos el privilegio de nacer durante la primera mitad de la década de los años 90, mi primer encuentro con la hierba, el porro, el cannabis, la marimba, la bareta, la maracachafa, la mota, la cafucha, el verde, el pasto loco, el faso, la campechana, la chabela, la belula, el canardo, el canuto, la mandanga, el canelo, la yesca, María Juana, la mata que mata, fue durante mi primer año de universidad. Y universidad pública, en donde lo cierto es que lo único que se hace muy bien realmente es ir a fumar, abrir la mente y pensar en el mundo entero.

Recuerdo que mi primera traba fue a los 16 años, a finales de primer semestre. Sobra decir que en ese entonces Bogotá era una ciudad muy diferente. Tenía más árboles, menos Transmilenio y aún existía el Bronx, lugar de donde salía la gran mayoría de marihuana que se consumía en esta selva de cemento durante esa época. Como era costumbre para muchos en la universidad, las tardes después de clase se acomodaban los parches en la plazoleta de la Aburrida, en la sede de la Macarena de la Universidad Distrital, posiblemente uno de los centros universitarios más bareteros de la ciudad, al menos en el área del centro. Estudiantes de la Distri y de otras universidades se aglomeraban en este sitio para fumatas, o sea, sesiones de consumo de marihuana prolongadas durante varias horas de la tarde.

Aunque era una actividad de por sí común en esta clase de instituciones, también existían eventos alrededor del consumo de marihuana organizados por estudiantes, como la Cannabitón, que se encargaba de hacer lo común algo mucho más interesante, y en donde también se disfrutaba de música, malabares, arte, juegos, rifas, espectáculos, y por supuesto, porros, muchísimos porros. Mucha gente pegando porros enormes y fumándoselos de maneras bastante peculiares, ¡en frutas! Sin duda algo muy inusual (al menos para mí en ese entonces), pero muy creativo y nutritivo.

De repente es así que, al verse envuelto en el mundo del THC, se empieza a aprender sobre toda la parafernalia y los rituales que existen alrededor de esta sustancia sonriente. Los satélites, los bongs, las pipas, las balas, las máquinas para pegar porros, los brownies, en fin; todo el mercado que se concentra en torno al consumo de la marihuana es una cultura que no sólo te abre las puertas al mundo de las drogas, sino las puertas de la mente y de lo sensorial.

Seguramente habrán personas en desacuerdo con esta última afirmación, pero yo por lo menos puedo asegurarles que muchas cosas se sienten mejor después de fumarse un porro. Escuchar música y comer son dos que se me vienen inmediatamente a la cabeza, y es precisamente la primera sobre la que quisiera ahondar un poco más aquí.

NAME A MORE ICONIC DUO THAN WEED AND MUSIC. I’LL WAIT…

Sin duda, una paridad histórica, la música y la marihuana son de las combinaciones más prolíficas que la humanidad posiblemente haya visto. ¿Cuántos álbumes, canciones y artistas no han sido inspirados por este insumo creativo? Tan sólo pensarlo es abrumador, pero esto no es algo que se reduzca únicamente a la generación de ideas y la creatividad, sino a la experiencia de sentir la música con una capacidad auditiva mucho más libre, abierta y receptiva. Y es que, por lo menos en mi caso, y como un escucha más, puedo afirmar que mi reacción emocional hacia la música tras el consumo de marihuana se ve intensificada, potencializada, optimizada, mejorada; en palabras escuetas, es mucho más chimba.

Evidentemente esto no es algo que esté relegado únicamente a la música. También está muy claro que prácticamente cualquier expresión artística puede estar y es muy probable que haya sido mediada o catalizada en algún punto por nuestra querida amiga la marihuana, pero en lo que a música respecta, se podría decir que existe una relación muy especial entre las dos. Y para que vean que no son sólo ganas de echar cuento, no soy yo el único que lo dice. Esta afirmación ha sido hecha antes por psicólogos y neurocientíficos expertos, investigadores sobre el tema.

El doctor Zach Walsh, profesor de psicología en la Universidad de British Columbia en Vancouver asevera que “…a la gente le encanta escuchar música cuando fuma cannabis. Los usuarios de cannabis a menudo incluirán una mayor apreciación del arte en general y la música en particular. Es simplemente una relación profunda entre ambas”. A la vez, Sophie Scott, neurocientífica del University College of London dice: “A veces me pregunto si la relación con la marihuana es sólo una feliz coincidencia entre dos cosas que podrían estar activando áreas cerebrales similares, pero que también se han unido culturalmente. Puede haber más unión cultural que neuronal”.

Pero, ¿qué es lo que pasa en realidad en nuestro cerebro cuando escuchamos música trabados? El profesor de música, salud y cerebro Jörg Fachner en la Universidad de Cambridge asegura que “[la marihuana] funciona como un potenciador psicoacústico. Eso significa que puedes absorber más, concentrarte en algo y tener un espectro un poco más amplio. No cambia la música; no cambia el funcionamiento del oído. Obviamente, cambia la forma en que percibimos el espacio auditivo en la música. También cambia la percepción del tiempo, y si escuchas música, es un proceso de tiempo, por lo que si tienes una percepción del tiempo diferente, por supuesto, escucharás la música de manera diferente”.

Alterar la percepción no siempre resulta en mejores resultados o experiencias. Conozco muchas personas que se fuman un porro y experimentan cualquier cosa menos zolle y buena onda, por el contrario, se malviajan, se angustian, se quieren morir; mejor dicho, les da la pálida. Sin embargo, creo que, al menos cuando se siente la tranquilidad de vibrar en una alta frecuencia, está haciendo sol y tiene una horita libre, un porrito y un disquito harán maravillas por nuestro equilibrio emocional, mental y hasta espiritual.

 

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