Por: Alejandro González Castillo

#OPINIÓN En los últimos 10 ó incluso 15 años, podría afirmarse que las fiestas de música electrónica se han acuñado sólidamente en la oferta cultural de Bogotá. Hoy en día estos eventos mueven gran parte de la economía de la capital y convocan a una gran cantidad de personas de todos los lugares, estratos y edades, pero en su mayoría jóvenes que buscan un escape alterno para salpicar la rutina semanal con algo de desenfreno y acabar con el estrés de una semana en la universidad, el trabajo —o en el colegio en algunos casos— dejándose seducir por el encanto de sudar unas cuantas horas y de paso desentenderse de la miserable realidad dándose en la torre en un ambiente seguro.

Esta creciente nueva ola de fanáticos de las fiestas electrónicas no ha venido sola. Quienes en un principio fueron sólo asistentes, ahora son promotores, los promotores se convierten en DJs o dueños de clubes, los DJs forman colectivos y sellos que terminan organizando fiestas impresionantes, y así se mueve la cosa en este matadero urbano. Hacer un booking de un DJ internacional, convocar talentos locales emergentes y montar el evento en redes sociales se ha convertido en un modelo de negocio tentador, lucrativo, pero sobre todo bastante competitivo. Esta competencia ha tomado dos visibles direcciones principalmente: por un lado están los eventos en clubes consolidados y por otro las fiestas independientes en bodegas, o construcciones abandonadas del centro. No me olvido de los afters maratónicos realizados algunas veces en casas quintas y otras en bares de la 85 en jornada diurna, pero eso será un tema para otra ocasión.

Esta doble tendencia no es una nueva, pero sí una que fluctúa en términos de público, logística, y a veces gusto. Hace algunos años, a pesar de que no haya existido una ausencia total de clubes en Bogotá, las fiestas más accesibles eran realizadas en recintos que frecuentemente eran sellados por las autoridades pero que revivían el siguiente viernes, como Piso 3, Pizza 1000 y Casa 33, lo que obligó a algunos organizadores a aplicar la fórmula de realizar fiestas en casas (que de día eran galerías o centros culturales en Chapinero) o en algunos apartamentos de la zona. Algunas fiestas eran realizadas en edificios del centro, pero la carta de DJs internacionales por lo general se concentraba en clubes como Cha Cha y The End en el Centro Internacional, Salón Continental en el mero centro y Stereo o Shanghai en la 82.

 

 

Hoy, el panorama es bien distinto. La oferta y la demanda del party únicamente crecen y hemos llegado al punto en que se hacen fiestas hasta en reconocidos puteaderos de la zona de tolerancia. Si un club desaparece, en pocos meses otro ve la luz, y si no le gusta someterse a las pretensiones de algunas zonas de Bogotá, donde impera el arribismo y las apariencias se tienen que guardar, seguramente habrá algún colectivo reventando una bodega en Paloquemao, donde usted puede dar rienda suelta a su locura sin problema alguno y llevar a todo su parche sin que lo jodan.

Personalmente, creo que en una ciudad tan social y étnicamente diversa como Bogotá, es natural que exista una constante disyuntiva formulada por gente joven que al final ayuda enormemente a reducir la monopolización de los eventos de música electrónica. Esto puede deberse a muchas razones, algunas que se me ocurren este momento, aparte de nuestro común y eternamente profesado amor a la música, incluyen el espíritu emprendedor de los millennials, el cierre de Billares Londres, la frustración de no poder entrar a un club, la radicalización del criterio musical o simplemente las ganas de hacer plata. Cualquiera que sea la razón, el resultado es uno que ha extendido el acceso a la música electrónica en la capital entre la población más joven, que nos ha logrado acercar más y ha diversificado un ambiente que hasta hace algún tiempo parecía ser exclusivo de los gomelos.